Con la llegada del verano, en el que las temperaturas son muy altas, debemos tener especial cuidado con nuestra piel, especialmente si pasamos mucho tiempo trabajando en la calle y durante las vacaciones en las que es normal que vayamos de un lado a otro.
Y es aquí donde entra el protector solar. No debes verlo únicamente como un bote pegajoso que ponerte cuando vas a la playa, sino que debes usarlo durante el inicio, todo el verano y el final de este, especialmente si vives en zonas muy calurosas.
¿Todavía crees que no lo necesitas? Permítenos explicártelo a lo largo de este artículo y verás, como al terminar de leerlo, te darás cuenta necesitas aplicarte protector solar a diario, incluso en días que no sea verano.
Primero de todo, ¿qué es lo que entendemos por protector solar? Se trata de un producto dermatológico que contiene agentes físicos o químicos capaces de absorber, reflejar o dispersar la radiación ultravioleta (UV) del sol.
Imagínalo como un escudo invisible que se asienta sobre tu epidermis para interceptar los proyectiles invisibles (los fotones) antes de que impacten contra tu ADN celular.
Existen dos grandes familias:
Erróneamente muchos creen que su única función es evitar que la piel se queme, quedando como un cangrejo rojo tras pasar muchas horas al sol.
En realidad, sirve para:
Aquí es donde muchos cometemos el primer error: aplicarnos el spray del cuerpo en la cara. No, no es lo mismo.
La piel del rostro es mucho más fina, tiene más glándulas sebáceas y está expuesta todo el año. Un protector corporal suele ser más denso, resistente a la fricción y, a menudo, contiene ingredientes comedogénicos que en la cara podrían provocar brotes de acné o exceso de grasa. Además, los protectores faciales están formulados para no irritar los ojos y para poder aplicarse bajo el maquillaje sin que este “se desmorone”.
Dependiendo de la zona de aplicación y el acabado, podemos clasificar los protectores en varias categorías clave.
Como la piel de la cara es mucho más fina, se fabrica con una fórmula más específica, dividiéndose en tres tipos según el acabado:
Están diseñados para cubrir grandes superficies de piel de forma rápida.
Son aquellos que contienen minerales que se quedan en la superficie de la piel. Son la mejor opción para personas con piel sensible, dermatitis o bebés, ya que no se absorben y tienen menos riesgo de alergias. El único contra es que, si no están bien formulados, pueden dejar un ligero rastro blanco.
Comprar el primero que veas en oferta es una lotería que tu piel puede pagar cara. Aquí tienes la hoja de ruta para elegir según tu tipo de piel:
En el momento de comprar un protector solar debemos fijarnos en el Factor de Protección Solar o SPF que sirve para medir la protección ante los rayos UVB.
¿Nuestro consejo? Nunca compres un protector solar por debajo de SPF. Por ejemplo, para la cara, que es la parte del cuerpo que suele estar más expuesta a los rayos UV, debe ser SPF 50 o 50+.
¿Prácticas deporte en el exterior como correr o te gusta salir a caminar? ¿O acaso eres de los que practican natación y te gusta ir a la playa o hacer unos largos en la piscina de la urbanización? En ese caso, debes comprar un protector solar con la etiqueta wáter resistan, que garantizará que mantendrá su eficacia al menos 40-80 minutos de inmersión.
Si vas a hacer deporte o a estar en el agua, busca la etiqueta “Water resistant”. Esto garantiza que el protector mantendrá su eficacia durante al menos 40 u 80 minutos de inmersión.
Esta es la pregunta del millón en cualquier rutina de belleza. La regla es sencilla: el protector solar es siempre el último paso de tu rutina de cuidado de la piel.
El orden lógico es:
¿Por qué este orden? Porque el protector solar está diseñado para crear una película protectora sobre la piel. Si pones la crema hidratante encima del protector, estarías diluyendo el filtro solar y alterando su capacidad para protegerte, dejando “huecos” por donde entraría la radiación.
Esta es la pregunta del millón cada vez que llegamos a la playa o la piscina con las ganas por las nubes. La respuesta corta es que deberías esperar entre 15 y 20 minutos antes de exponerte directamente al sol o meterte en el agua, pero la razón no es exactamente que la piel tenga que “beberse” el producto como si fuera agua.
Los protectores con filtros físicos (minerales) actúan como un espejo y, técnicamente, son efectivos desde el segundo uno. Sin embargo, los filtros químicos —que son los más comunes— necesitan ese tiempo de cortesía para interactuar con la capa superficial de la epidermis y asegurar que la protección es homogénea.
Más que de “absorción”, los expertos prefieren hablar de secado o fijación. El protector solar contiene ingredientes volátiles que deben evaporarse para que los filtros queden perfectamente distribuidos, formando una película continua y resistente. Si te aplicas la crema y te tiras al agua inmediatamente, el producto no habrá tenido tiempo de “anclarse” y se lavará, dejándote totalmente desprotegido.
Durante esos minutos de espera, es crucial evitar vestirse de inmediato o frotarse con una toalla. Cualquier fricción antes de que el protector se haya asentado creará “agujeros” en tu escudo invisible.
En resumen, no es que el protector sea inútil hasta que pasen 20 minutos, es que necesita ese tiempo para estabilizarse y garantizar que no se va a mover de su sitio ante el primer chapuzón o la primera gota de sudor. ¡Un poco de paciencia ahora te ahorrará una quemadura después!